La historia que vas a leer a continuación podría parecer sacada de una película de Disney, pero debo decirte que es mi propia historia.
Durante muchos años dejé de creer en el amor verdadero. Después de divorciarme y vivir varios desencuentros amorosos, pensé que eso no era para mí. En ese momento de mi vida, estaba rota por dentro, y cuando estás herida, no puedes realmente volver a amar… hasta que te amas a ti misma.
En ese tiempo, un par de “cucarachos” —como diría Jorge Lozano— fueron parte de mi historia. No vale la pena dedicarles ni un párrafo, pero sí puedo decirte que fueron grandes maestros… aunque no lo digo de buena manera, sino con la más sarcástica de las sonrisas. Ellos me enseñaron, a las malas, el amor propio.
Yo no me amaba, y, por lo tanto, vivía para complacer a los demás. Y cuando estás en una vibración baja, inevitablemente atraes personas emocional y económicamente dependientes de ti. Como si no fuera suficiente con criar a mis hijos y mantener mi hogar, muchas veces me tocaba invitar a cambio de un poco de “compañía”. Hoy entiendo que no me estaba dando mi verdadero valor.
Pero todo es perfecto, porque aprendí.
Y déjame decirte algo: eso de “un clavo saca otro clavo” es una gran mentira. Para poder volver a amar, primero hay que sanar las heridas, amarte profundamente y solo entonces… podrás encontrar un verdadero amor.
Después del divorcio, pasé cinco años sola, sin una relación seria. Como te conté, en ese tiempo aparecían en mi vida todo tipo de “cucarachos”, y la verdad, ninguno valía la pena. Llegué a pensar que tenía una especie de maldición con el amor. Insectos y cucarachos me rondaban constantemente hasta que…
Un día, navegando por redes sociales, encontré a una terapeuta venezolana que me encantaba. Su contenido hablaba sobre patrones en las relaciones y amor propio. Me animé a escribirle. ¿Y cuál fue mi sorpresa? Me respondió y, no solo eso: ¡me regaló una sesión! Quizás ha sido la más reveladora de mi vida.
Había tanto por trabajar, pero en ese momento mi única inquietud era:
“¿Por qué me va tan mal en el amor?”
Sentía que simplemente no tenía suerte. Después de escucharme con cariño, me propuso un ejercicio:
“Quiero que escribas en una hoja todos los hombres que han estado presentes en tu vida —familiares, amigos, parejas, compañeros de trabajo— todos con los que hayas tenido una relación significativa. Luego, busca un patrón común entre ellos.”
¿Y cuál fue mi sorpresa? Todos, sin excepción, eran narcisistas, manipuladores, violentos, aprovechados y más. Ahí comprendí que el problema no era ellos… sino lo que yo estaba atrayendo.
Quizás por mi carencia de cariño, por la falta de una figura paterna, por mis heridas de abandono. Sin excusas, eso fue un despertar muy potente.
Los meses siguientes me propuse un reto: conectarme con Victoria.
Si bien llevaba cinco años trabajando en mí, leyendo, escuchando audios, intentando sanar… sentí que era el momento de encontrarme con mi verdadero yo. De amarme con un amor inquebrantable, que no necesitara de ningún otro externo. Descubrí que no estaba incompleta, como muchas veces me sentí. No necesitaba a mi famosa “media naranja” como nos venden. No necesitaba nada.
Lo que yo quería era experimentar un amor bonito, un complemento desde la conciencia. Un amor como lo describe 1 Corintios 13:4.
Así fue como hice mi lista.
Una especie de carta al Niño Dios, donde detallé las 20 características que quería en una pareja. Esa lista me acompañó por mucho tiempo. Recuerdo un día que estaba con unas amigas y una de ellas, al leerla, la rompió entre risas diciendo:
“Eso no existe. Bájate de tu mundo de fantasía Disney.”
Pero no me importó.
Yo seguí trabajando en mi interior.
Aprendí a estar sola conmigo.
Fui al cine sola, a la montaña, al mar, a tomarme un café.
Por primera vez, no necesitaba ninguna compañía.
Estaba amando estar con Victoria.
Y hacía todo lo que la hiciera feliz.
Me empecé a amar… y la vida me sorprendió
Empecé a conocer mi propio cuerpo, incluso a descubrir lo que me gustaba y lo que no. Me ponía sexy para mí misma. En las noches me vestía como si fuera a un encuentro amoroso… y ese encuentro era conmigo. Disfruté muchísimo de esa etapa.
Y ahí estaba mi lista. La volví a hacer después de que mi amiga (si es que se le puede llamar así) la rompiera. La coloqué en un lugar visible, justo al lado de mi computadora, y cada vez que me sentaba a trabajar la miraba… como pidiéndole al universo ese amor bonito.
A veces, cuando miraba las estrellas, decía en voz baja:
“En algún lugar del planeta sé que estás, y te voy a encontrar. Y vamos a ser muy felices.”
Abrazaba mi almohada pensando en esa persona que llegaría a mi vida. Esta vez no era como antes. No esperaba a un “príncipe azul” que viniera a rescatarme o a hacerme feliz. Yo ya había decidido ser feliz… con o sin él. Pero elegía, con toda claridad, compartir esa felicidad con una pareja que me complementara en todos los sentidos.
Hubo varios 14 de febrero en los que me sentí frustrada viendo los típicos posteos de parejas, flores, cenas románticas. Un día, me compré un ramo de flores hermosas, me tomé muchas fotos y fingí que alguien me las había regalado. ¡Qué mentira más grande! La verdad es que muchas veces nos dejamos llevar por lo que vemos en redes sociales, sin saber lo que hay detrás de cada publicación.
Pero aprendí a disfrutar de esa nueva etapa. Dejé de decir “divorciada” y empecé a decir “soltera”. Y eso que en ese entonces Shakira aún no sacaba su canción… porque si no, te aseguro que yo también habría cantado:
“Se pasa rico soltera.”
A medida que me fui amando más, empecé a sentirme y verme hermosa. Amaba mi tiempo a solas. Y justo ahí… cuando ya no necesitaba a nadie, la vida me tenía una sorpresa preparada. Déjame contarte esta parte de la historia.
Un día, revisando redes sociales —específicamente Facebook—, vi en mi lista de amigos a alguien que supuestamente había aceptado un año atrás. Lo curioso es que jamás lo había notado. No me sonaba, ni me había llamado la atención antes. Pero el destino ya tenía otros planes.
Su nickname era Rey Sal, lo recuerdo perfectamente. Después entendí que era la abreviatura de sus apellidos: Reynosa Salgado.
Me escribió por Messenger ofreciéndome sus servicios como asesor de seguros.
Inmediatamente me puse a stalkear todas sus fotos. Me pareció simpático. Y lo mejor: siempre aparecía con sus hijos, así que pensé: “Debe ser soltero.”
Después de responder algunos de sus mensajes en mis historias, un día le pregunté por los famosos “seguros” que me ofrecía. Me contestó con amabilidad y me dijo que con gusto podríamos reunirnos para explicarme más… pero era plena pandemia, y él era extremadamente cuidadoso con el virus. En lugar de invitarme a un café, me mandó un link de Zoom para la reunión.
No sé qué me pasaba. No sé si fue el destino, la magia o una intuición profunda… pero me acuerdo que me arreglé como si fuera a una cita real.
En esa reunión me pareció un hombre tan amable, tan respetuoso… y la verdad, ni atención le puse a los seguros.
Después me pidió mi número de teléfono para enviarme la oferta, y así empezamos a tener más contacto. Me contestaba mis historias, yo estaba pendiente de sus likes… y sin darme cuenta, me estaba ilusionando con alguien que ni conocía en persona.
Veía sus fotos y me parecía lindo.
¡Ahora que lo escribo me da risa! Andaba como en las nubes con un completo extraño.
Un par de semanas después de aquella reunión, me tocó cumplir con una promesa. Iba a modelar para una diseñadora nicaragüense como parte de un proyecto donde, cada noviembre, regalaba algo significativo en mi cumpleaños. Ese año cumplía 37, y una de mis maneras de celebrarlo era cumpliendo los sueños de otras personas.
Ella me contactó y me dijo:
—“Quiero que modeles para mi marca.”
Y yo, feliz, acepté.
Siempre me ha encantado la fotografía, las cámaras, el modelaje (aunque no lo practique seguido).
Días antes del evento, me vuelve a escribir:
—“¿Conoces a algún hombre de unos 40 años que quiera modelar conmigo?”
Y adivina qué…
¡Pensé en Luis!
Sí, ese mismo con quien apenas había intercambiado unos cuantos likes y escasos mensajes.
Le dije a ella:
—“Creo que tengo al candidato perfecto.”
Luis tenía 43 años, pero no los aparentaba. Y yo, sin dudarlo, lo visualicé como el modelo ideal para ese día.
El Encuentro que Cambió Todo
Le escribí a su número:
“Hola, Don Luis”, y lo trataba con mucho respeto. Él respondió amablemente.
Le dije, sin rodeos:
“Fíjese que voy a modelar para una tienda de ropa y necesitan un varón. ¿Le gustaría ser modelo por un día?”
Tiempo después, él me confesó que casi se infarta, porque nunca había estado frente a cámaras, mucho menos modelando. Pero pensó: “Bueno, tal vez pueda venderle un seguro.” (Aunque yo sé que, en el fondo, algo más lo motivaba).
Aceptó ser modelo, y confirmamos su asistencia. Los días siguientes, pasábamos largas horas chateando. Recuerdo algo chistoso: un día, justo antes de conocernos en persona, le pregunté:
“¿Cuánto mide usted?”
Él me respondió:
“Mido 1.65”
Pensé: “¡Es más bajo que yo!” Pero eso no fue ningún impedimento.
En mi lista de características, había puesto que quería a alguien alto. Pero, la verdad, nunca entendí por qué lo escribí, porque siempre me han gustado los “chaparritos”.
Llegó el día del modelaje. Confieso que estaba nerviosa, no tanto por modelar, sino porque lo iba a conocer. Una amiga que me acompañaba me dijo:
“¡Cálmate, te ves demasiado emocionada!”
Y yo, entre risas, le respondí:
“Es que no sé qué tiene, pero algo me llama la atención sin conocerlo.”
Le dije:
“Si llega en una Rav4, ya sé que es el hombre de mi vida.”
Y eso tiene su historia: desde pequeña, me han encantado ese tipo de camionetas. Lo mencioné sin pensarlo, pero adivinen qué: ¡Ahí estaba Luis bajándose de una Rav4!
Mi corazón se paralizó. Se acercó, me dio un beso en la mejilla, y lo vi arregladito, con su camisa metida y muy bien perfumado. ¡Estaba encantada con su esencia!
El modelaje comenzó, y aunque él pensaba que iba a ser un desfile de pasarela, lo hizo increíble. Cada vez que me tocaba salir con una prenda nueva, él me decía:
“Qué bien te ves”, “Te luce”, “Me gusta cómo te queda.”
Yo estaba derretida. Mi amiga me susurraba:
“¡Disimula!”
Pero era imposible, me veía ilusionada.
Después del modelaje, nos invitaron a comer. Aceptó la invitación, y nos fuimos en caravana. Fuimos a una comedera popular en Masaya, y él se sentó justo al lado mío. La diseñadora, con cara de sorpresa, nos preguntó:
“¿Y ustedes desde cuándo se conocen?”
Y, sin pensarlo, ambos respondimos:
“Hasta hoy nos conocemos en persona.”
El tiempo pasó, y sentí como si lo conociera de toda la vida. Era una conexión inexplicable, como si nuestras almas se hubieran reencontrado. Pensé: “¡Esto solo pasa en las películas!” Pero, no, estaba pasando de verdad.
Luego del almuerzo, tuve que hacer unas gestiones en Managua. Él, que vivía en la capital, me escribió:
“¿Qué te parece si nos tomamos un café?”
Y nos vimos en una cafetería, desde las 3 p.m. Estaba tan emocionada que le conté a mi amiga sobre mi encuentro con él. Me sentía como una adolescente, llena de ilusión.
Mi amiga viéndome tan feliz, me dijo:
“¡Disimula! Tienes cara de enamorada.”
Nos sentamos allí hasta casi las 8 p.m., y el tiempo se detuvo. Entre pláticas y risas, no queríamos separarnos. Él me dijo:
“¿Y si vamos a tomar una cervecita por aquí?”
Mi amiga insistió en acompañarnos, como una especie de chaperona, y aunque en ese momento no lo pensaba, hoy se lo agradezco. Estaba en las nubes.
Las horas pasaron volando, con una sola cerveza en mano y la luna de fondo. La medianoche nos alcanzó. Mi amiga tuvo que irse, y ahí seguimos, él y yo, poniéndonos al día sobre nuestras vidas, compartiendo historias, risas, todo…
Era tarde, y yo tenía que regresar a casa, que estaba en Masaya, así que el viaje de regreso me tomaría unos 30 minutos. Cuando decidimos irnos, él me dio un beso en la mejilla. Me subí a mi carro, él a su camioneta, pero al poco tiempo me llamó por teléfono.
Y ahí estábamos, platicando de nuevo. Fue en ese momento cuando, sin pensarlo mucho, le dije:
“¿Y si nos vamos a una gasolinera a…?” (Aún no sé cómo tomé esa decisión, pero la vida a veces se siente tan mágica cuando todo encaja).
El inicio de un amor bonito
Tomamos un café a la 1 a.m. Imagínate, el reloj parecía detenerse. Casi podía cantar: “Reloj, no marques las horas”. Estuvimos allí hasta las 3 a.m., y luego emprendí mi viaje de regreso a casa, mientras él hacía lo mismo. Iba feliz, manejando sola en la carretera, como en un cuento de hadas. Esa noche dormí maravillosamente, llena de sueños e ilusiones.
Al día siguiente, el primer “Buenos días, ¿cómo amaneciste? Ayer la pasamos muy bien”. Y ahí comenzó lo que hoy considero un amor bonito. No nos vimos ese día, pero pasamos largas horas entre chats y llamadas. Un día después, fue mi iniciativa de nuevo:
“¿Qué te parece si nos vamos a tomar un café en Granada? Es una ciudad colonial muy bonita.”
Él aceptó y vino a buscarme. Me puse mi vestido verde, justo por encima de la rodilla, y mis sandalias negras. Me sentía muy linda. Al llegar, mis hijos lo saludaron con naturalidad, y recuerdo que mi hijo mayor se regresó a la casa y me dijo:
“Pásala bien, mamá, se ve que es buena gente.”
Así, nos fuimos a tomar un café. Y se convirtió en otra charla extensa sobre nuestras vidas.
Horas después, decidí que quería saber más sobre él, así que, como buena amante de la naturaleza, le dije:
“¿Te parece que vayamos a otro lugar?”
Y no piensen mal, ese otro lugar era el Malecón de Granada. A las 10 p.m., nos sentamos en el muelle a ver el lago. El cielo conspiró a nuestro favor esa noche: luna llena, cielo estrellado y la música romántica de los restaurantes cercanos creando el ambiente perfecto.
Me sentía tan conectada con el momento, que le dije:
“Bienvenido a mi mundo. Amo el cielo y mis estrellas.”
Él, respetuoso y caballeroso, me susurró con voz baja:
“Y si puedes leer la mente de los demás, adivina qué estoy pensando…”
Y yo, sin pensarlo, respondí:
“Que me quieres dar un beso.”
Y en ese momento, lo hizo. Fue el beso más bonito, más largo y más sincero de mi vida. Con la luna de testigo, el vaivén de las olas y la música suave de fondo, sentí que había encontrado mi gran amor.
Regresamos a casa, nos despedimos con otro beso, y ahí, en ese instante, nació un amor puro y sincero.
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Victoria Báez Deja tu huella
Hoy puedo decir que encontré el amor el día que decidí amarme a mí misma.
El día que entendí que mi valor no dependía de nadie.
El día que dejé de conformarme con menos de lo que merecía.
El día que me convertí en mi prioridad.Y desde ahí, el amor dejó de doler…
y empezó a florecer.

